viernes, 3 de octubre de 2014

LAS TRAPISONDAS DE LA MUERTE Y SU ENAMORADO CONTADOR Una historia de la vida de personas infames en Revolución y los Orishas Yorubas

LAS TRAPISONDAS DE LA MUERTE Y SU ENAMORADO CONTADOR
Una historia de la vida de personas infames en Revolución y los Orishas Yorubas


Esta historia continuará ... Sábado 11/10/2014


II. MEJOR  ME  MATO

Aquella tarde, el empleado modelo del ministerio, ¡el mejor de todos!, no pudo, como acostumbraba diariamente, recoger su
maletín de cuero desleído, así como tampoco, atinó a colocarse la pesada chaqueta, que por muchos años lo acompañó fielmente a su trabajo, protegiéndolo de las inclemencias del feroz aire acondicionado.

El contador descendió a través del destartalado ascensor, sin responder ninguno de los, - hasta mañana-, de siempre, frutos de las celadoras y los vigilantes que con el pasar de los años ritualizaron su salida, a las cuatro y media
en punto de la tarde, hora idéntica de vuelta al hogar. Con la conciencia turbada por la noticia, él se escurrió a empujones entre la gente, diluido en la acostumbrada multitud vespertina de siempre, hasta los rieles del ferrocarril.

– ¿Qué voy hacer?-, pensó Jorge Luís, sin coordinar bien sus ideas.

La mente sofocada con nubarrones de indignación y el sudor causado por el apelmazamiento de la muchedumbre, curtió el cuello de su impecable camisa nevada. Según el último veredicto
de la Firizzola, él por no detectar un presunto desfalco en las finanzas ministeriales, fue acusado de negligente en el cumplimiento vital de sus funciones.

- ¡Al no advertir a tiempo a las autoridades el problema y, en consecuencia es usted, el verdadero responsable del sobregiro bancario!-; expresó, furiosa la directora de administración, en su penúltima conversación con el funcionario.

En medio de las cavilaciones y sobresaltos laborales que expiaba la mente del contador, la señora Abigail, la jefa del archivo de contabilidad del ministerio, se detuvo justo al lado de él, en el andén del tren.

-Saludos jefe, hoy  nos volvemos a ver. ¿Qué le parece? El destino nos une-; dijo sonriendo satíricamente.

Jorge Luís la miró sin reconocerla como compañera de trabajo, o más bien, como alguien que tuvo tenido que ver con él en algún momento de su vida, por lo que le regaló una mueca de
presentación previa, para luego regresar la vista a la soledad del piso sucio y pateado en el tren. Abigail se extrañó por la indiferencia sosegada del contador.

Lo cierto fue que, con pruebas o sin ellas, los directivos del ministerio despidieron a Jorge Luís, sin ningún fundamento legal y no se le permitió, bajo forma alguna, expresar algún punto de vista diferente al que los cómplices ministeriales tramaron en la patraña financiera para expulsar al hombre de su puesto de trabajo.

Con el sueldo perdido, el fututo de él y su familia se avizoraba funesto e incierto. Ninguna empresa privada estaría dispuesta a contratar a un contador mayor de cuarenta años, con una carrera realizada, únicamente en la administración del gobierno, particularmente del actual movimiento estadal, militar y comunista. Las empresas privadas miraban a estos funcionarios como espías de los revolucionarios.

Por otra parte, él no contaba con amigos poderosos o políticos que pudieran ayudarlo. Siempre rehusó su participación en la militancia partidista y nunca fue un hombre adulador, ni un profesional del
elogio. Lo aburría la zalamería hueca de la politiquería de turno de la cultura gubernamental.

Por eso rechazaba las conversaciones del cavo Rojitas, el contabilista II, cada vez que el joven, alabador de corazón, le advertía:

-Jefecito, hágame caso acerca de la máxima de la burocracia gubernamental y el jalabolismo militar. Mire que eso fue lo que yo aprendí en el ejército cuando pagué mi servicio militar y le digo, que eso me ha servido mucho en la vida. Allí, mis superiores me decían Rojitas, primero; jalar bola no tiene horario; segundo, jala bola se arrima y tercero, es preferible jalar en la sombra que echar escardilla en el sol. No se le olvide compadre, ja, ja, ja -. Jorge Luís detestaba esos comentarios mediocres de militares flojos e incompetentes.

Abigail era una morena regordeta que usaba sandalias viejas y ropa de grandes colorines en un poliéster barato de rebatiñas de mercado popular, muy ajustada a su malformada cintura. Sus eternas conversaciones no giraban jamás en torno al trabajo, ni a nada que se le asemejase, pues, su preocupación fundamental era la vida de su marido Carlos y la de sus dos hijos varones.

- Que son mi orgullo y mi alegría y claro, por supuesto, también los de mi marido Carlos Fernando-.

Largas tertulias sostenían diariamente los rincones inconmensurables en los archivos de contabilidad acerca de la bien educada, correcta y perfecta familia de Abigail.

- Porque  mi familia es intachablemente feliz-; decía contenta. -Yo todo se lo consulto a mi marido y mis hijos son unos niños correctísimos que siempre salen con su papá. Él, conversa mucho con ellos sobre las drogas y sobres las cosas malas de la vida. Pues yo tengo tanto oficio que siempre me quedo en la casa adelantándolo, porque ni sueñes que voy  a meter una mujer de servicio en mi casa, ¡que va, mijita!, ¡una mujer en mi casa!,..Nunca  jamás…, a ver si después se quieren quedar con mí marido-; repetía furibunda.

- Todo lo hago yo solita. En la noche, poco a poco, a medida que veo la novela voy planchando y dejo adelantada la comida del día siguiente. Es que mi marido, Carlos Fernando es honestísimo. Hoy lo llamé por teléfono para contarle lo que pasó en la oficina del señor Urulo y él me dijo que no metiera en eso, que me quedara tranquilita en mi puesto. Que no tomara posición, ni pa un lado, ni pal otro… ¿a usted qué le parece licenciado lo que pasó con el asistente de la directora de administración?-.

El contador absorto en sus propios planes, no escuchó ni una palabra de la boca de Abigail. Sus cavilaciones estaban completamente dedicadas a la desesperanza por los desastrosos acontecimientos laborales. Durante sus veinte años como funcionario ministerial, siempre intentó ser honesto y eficiente, tal
como se lo enseñaron en su en su casa de los Andes y luego, en la universidad privada donde estudió con esfuerzo y que, a duras penas, le costearon sus padres con grandes sacrificios y sin sabores. 


El contador se propuso, desde niño ser, tan sólo; ¡¡un hombre honesto y ordenado!! Pero estaba visto que cumplir con esa ambición tendría un alto precio en el gobierno militar de los revolucionarios donde el desorden y el saqueo suplantaron a la añeja corrupción. Hoy, las contralorías eran un espejismo de los cincuenta años de los gobiernos anteriores. Nadie tenia derecho a cumplir la ley que no dictara, en exclusiva, los militares de la revolución y su comparsa de acólitos genuflexos.

La patraña y el engaño mancharon el historial del contador y para ese momento, Jorge Luís, ya no era el funcionario modelo del ministerio. Él, que nunca necesitó ni un solo minuto más para
presentar un trabajo impecable, se convirtió a la vista de sus superiores en un funcionario negligente. Su esfuerzo y vehemencia para cumplir sus labores, así como el cuido de una gestión eficiente, enfrentaron el juicio final de sus jefes ministeriales:

- Póngame la renuncia sin hacer alharaca y dejaremos esto así, de lo contrario, usted, como veterano de estas luchas de papeles, sabe muy  bien a lo que se expone-, sentenció el viceministro, sin más ley que la verdad que respiraban sus palabras de ex militar y de burócrata falaz.

Abigail torció la cabeza e intentó mirarlo a la cara. Así, repitió su interrogante:

- Licenciado, ¿Qué le parece lo que pasó con Urulo el cubano de la dirección?; ¿En verdad cree que ese señor, con eso de la brujería, le haga daño a la Señora Nancy, por que al final, no sabemos si en verdad ella sea la responsable de la destitución del extranjero ese?-.

El confundido Jorge Luís, aún sin escuchar ni un eco perdido de la archivista, apilonado en medio de largas filas humanas derramadas vespertinamente en el tranvía de la colérica cuidad, quedó sentenciado al despido, al igual que los transeúntes eran sometidos a una inclemente uniformidad, con olor a metrópolis, que igualaban a la muchedumbre del anden con latas de atún dispuestas en formación militar, sobre los anaqueles de los abastos de los portugueses. Jorge Luís sólo escuchó la voz de su propia desesperación por encontrase despedido por fraude, sin tener idea acerca del despido de Urulo.

En medio del aturdimiento y la zozobra que sintió por la pérdida del empleo, el afligido contador, recordó la cosecha de felicitaciones que a lo largo de vientre años cultivó en su trabajo. Un historial intachable, libre de amonestaciones, tres botones de honor al mérito sin recurrir a los apoyos políticos del momento, era el saldo de su carrera profesional. Su hoja laboral era excepcional. Únicamente con dos reposos originados por la operación de un riñón y la muerte de su padre, el contador asistió puntual y correctamente, todos los días de su vida a sus labores, a lo largo de viente años. Pero en ese instante su futuro se disolvió velozmente a través de un transito lerdo y desolador. Y mientras Abigail insistió en sacarle unas palabras al contador sobre lo ocurrido aquel día entre Nancy y Urulo, estalló una gritería y una confusión de empujones, golpes y correrías a lo largo del andén.


- Páralo ahí, que me quitó la cartera, es una atracador-; fue el aullido que acribilló los sórdidos ronquidos de las locomotoras y los aires acondicionados de la estación.

Abigail se abrazó de Jorge Luís y mientras un joven fue apaleado en el piso por una muchedumbre enardecida ella profirió un:


- Tengo que llamar a mi marido Carlos Fernando-, repitió incesantemente en el oído del contador.

Jorge Luís miró la sangre de la cara destrozada del muchacho que goteaba hacia los rieles del tren y, en ese momento, tuvo claro su destino. Tomó a la asistente por los dos brazos y mirándola a los ojos le asestó un enérgico;

- Quédese tranquila que pronto llegará el ferrocarril y usted podrá regresar con su familia velozmente -.



La mujer dejó de gritar y con más calma le repreguntó al contador asomándosele a los ojos gélidos;

-¿Qué le parece el despido del negro Urulo? -, a lo cual, sin más preámbulos, él respondió;

- No tengo idea de que me habla, señora Abigail -

En ese momento, el vagón laminado abrió sus puertas frente a los funcionarios, al instante que éste tomó a la mujer por los hombros, la volteó y la empujó segura hasta lo profundo acercándola inmediatamente hacia los lares de Carlos Fernando, sus dos excelsos y bien educados hijos, el oficio de su casa y sus múltiples preocupaciones por su vida feliz en compañía de su inteligente marido y asesor permanente. Retirada así, con el favor de Dios y del ladrón, de la vista del importunado contador, Abigail, prosiguió su maravilloso destino de auxiliar contable, madre intachable y amantísima esposa en su mágica y alegre casita de pobre en el oeste citado.



Parado allí, la trama de su vida se desarrolló lentamente en su fantasía desesperada, procurando un naufragio de motivos y sentimientos que encontraron el límite de la nada.  Sólo el calor y el sofoco multitudinario lo acompañaban. Únicamente, a partir de la gloria de un sueldo enjuto, que apenas sí le permitió una vida con ciertos detalles de confort, el contador, a duras penas, pudo levantar una buena familia. Recordó que tan sólo con las pretensiones de mirar las películas los domingos en la televisión y realizar las salidas al parque de diversiones para aupar a su hija sobre algún tiovivo, en algún sábado perdido del almanaque descolorido del pasado, el contador avizoró su futuro.




Todo el fruto del esfuerzo de su trabajo se esfumó aquella tarde: El techo seguro bregado duramente a través de los años; la educación de su hija, los viajes al extranjero, recreados solidariamente en su mente de pequeño burgués;  todas las cosas que añoró reciamente, luchadas con fervor y temple, se convirtieron, en un abrir y cerrar de ojos, en una cruel felonía del destino.




Los trenes metálicos desplegaron su ir y venir taciturno acostumbrado, bramando entre la masa humana revuelta por el polvo, el calor y el acostumbrado mal olor. El funcionario se movilizó sin sentido entre la multitud intentando llegar a ninguna parte. Lejos de su sueldo escueto y con la hucha vacía, la vida de su familia sería de grandes penurias. La visión de los rieles oxidados frente a sus ojos agachados comenzó a dibujar la
solución a su problema, con gran facilidad. A su pequeña familia, sólo le quedaría una póliza de seguro que le garantizaría una vida digna pero enjuta y, al final de todo, una vida medianamente decorosa. Entre sus descosidas cavilaciones, el contador avizoró una rápida solución al problema, como en tantas otras oportunidades lo hizo con los balances financieros a la hora del cierre. Cruzó los brazos y comentó entre dientes;






-No tengo otra opción, ¡mejor me mato! -. A partir de ese momento inició el suicidio.













martes, 30 de septiembre de 2014

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domingo, 28 de septiembre de 2014

Secuestro en Aragua

Secuestro en Aragua,
la Abuela y el General Suarez Chourio




Mi tío paterno, Moisés Almudena Ríos, nativo del Castaño, Estado Aragua, a duras penas tocó el portalón de la Casona y cuando la puerta se abrió, el pobre se desvaneció sobre los fuertes brazos de mamá Kymbisa,
diciéndole que sus fiebres eran por la peste de la Chikungunya. Hubo alerta general pues la abuela, Catalina Libertad Herrera Herrera, escuchó al hombre y de inmediato armó una campaña para salvarle la vida, al hombro de su lugar teniente la Nana Kymbisa, nuestra niñera por cien años, quien tomó su inmenso tabaco y salió al monte a buscar yerbas para la pócima curativa.


-Otra peste en la familia. Debe ser una maldición-; pensé yo y me dispuse a salir de compras, como corresponde, cuando la abuela y Kymbisa comienzan sus exóticas curaciones. De pronto, suena el teléfono. Atendí y una voz opaca y entrecortada, del otro lado, pidió 150 millones de dólares por el rescate de mi sobrina Frescolita. Fue cuando supimos que la niña estaba secuestrada. Dijeron que
llamarían luego para lo del intercambio y que no dieran parte a ninguna policía porque la matarían. Creo que no saben que Damián, el jefe de policía del pueblo vive en esta casa. 


Estallé en llanto, grité todo el brollo a los cuatros vientos y la casa se volvió un torbellino en instantes. Mi madre cayó desmayada, Juanita, la sirvienta lloraba abrazada de José Tomás, el chofer. Llamaron a mi tío el juez, Jaime Gregorio Mas, para que intercediera ante los plagiarios. De pronto, desde el fondo del oscuro corredor, emergió la abuela, ataviada con una boina negra y vestida de militar, con un uniforme antiguo
de la segunda guerra mundial. Llevaba dos cintas de balas en baldomera y las escopetas al hombro, mientras descolgaban algunas pistolas viejas del abuelo pistolas del cinto de su pantalón de camuflaje.


General Suarez Chourio
Allí empezó a vociferar que buscaran el General Suarez Chourio, que esa era un militar de verdad, revolucionario, que le encontraría a su niña, sin payasadas, ni pantomimas de policías pueblerinos subdesarrollados. También mandó a que le entregaran los dólares en efectivo púes, ella, conjuntamente con el
La Abuela Catalina Guasare Herrera en
Combate durante  sus años mozos
general, harían la entrega a los secuestradores. Al instante, todos nos miramos y no sabíamos si reír o llorar. La abuela entró en cólera sacó una pistola vieja y se la puso al hijo en la sien.

Jaime Mas no tengo tiempo, dame los dólares que quiero a mi niña en la casa-, dijo desesperada. Mi tío, Jaime
era un hombre serio, ponderado, el único que creo cuerdo de la casa se lo explico todo, lentamente, a la abuela.


Ella lo miro fijamente y le preguntó: - ¿Tú me estás diciendo que nosotros somos pobres?-  

El tío tragó grueso y replicó:
-Si madre, no hay más bienes de fortuna que esta vieja casona, todo lo demás se han ido en revoluciones y enfermedades. No queda nada. Nuestros familiares han
regalado la herencia para la revolución cuando el común de los actuales revolucionarios han hecho todo lo contrario, han formado parte de ella para enriquecerse y dejar de ser unos pobretones descastados-, fueron sus palabras de funeral.


En ese punto la vieja se dejó caer sobre el viejo banco del patio y se quitó la boina alegando su desagracia de saber semejante verdad. Despúes, levantó el rostro, secó sus lágrimas e insistió: -llámame al general. Necesito que me ayude; él es un hombre de
combate como yo-. Y mientras todos trataban de convencer a la abuela en que lo sensato era llamar a la policía sonó el timbre de la casona. Fue cuando Kymbisa abrió la puerta para que el inmenso hombre cubriera todo con su sombra.


Nunca supe, como supo él, pero lo cierto es que la imponente figura del General Jesús Suarez Chourio invadió, de norte a sur, la sala de casa. Al verlo, la abuela dio un salto y se enrosco en su cintura como una culebra de jardín. Intercambiaron y hablaron. Todos los teléfonos de la casa sonaban a la vez. La noticia salió en tweeter, radio, en el
tabloide de la tarde y la gente sólo hablaba del secuestro. Sin embargo, Kymbisa, dándole un agua de papelón al general que, sin duda, armó una red cívico-militar para el rescate, advirtió que Frescolita no estaba secuestrada pues sus ánimas se lo habían dicho. Si yo no hubiese recibido la llamada me lo hubiese creído pues los muertos de la Nana jamás se equivocaban en sus alegatos.


Las agujas del reloj movieron sus segundos de plata y la tensión aumentó en el caserón. El general abrazado de la abuela trataba de tranquilizarla y todos reprimían el vapor de una gran angustia.
Luego, se oyó una algarabía y un tintinar de campanas con voces y gritos. -Llegó Frescolita- se escuchó a lo lejos. Final feliz, la niña en casa. No hubo secuestro sino que la cola parar comprar los útiles escolares de sus ahijados era interminable, pues son muchos y en un solo día no alcanza una sola chequera para llenar un bulto de libros hoy.




Luego supimos que la vecina fue secuestrada y hasta la fecha la


siguen buscando. La llamada recibida fue un gran error de los secuestradores. Bueno, después, mi abuela racionalizó los gastos y busca trabajo para mantener a la familia sosteniéndose firme, en la revolución, mientras el resto de la familia trata de explicarle su gran equivocación. El General se despidió y se llevó los buñuelos
de Lairen preparados por Kymbisa. Yo me quede reflexionando porqué tanto secuestro, extorsión, pranización, desvelo, inseguridad y desconcierto en nuestro Estado Aragua, antes ciudad jardín y hoy cuna de la Revolución. ¿Qué falta y que sobra hoy en nuestro Estado Aragua para la buena vida?


La editora con el General de Aragua Jesus Suarez Chourio


El Saman de Guere. La Julia, Estado Aragua, Venezuela



Virgen de la Candelaria. Patrona del Municipio Santiago Mariño, Turmero, Estado Aragua


Los Buñuelos de Lairen de la Nana Kymbisa



Beatriz Guasare Herrera Herrera Alias Frescolita cuando niña



La escritora lista para el rescate de Frescolita


jueves, 25 de septiembre de 2014

LAS TRAPISONDAS DE LA MUERTE Y SU ENAMORADO CONTADOR Una historia de la vida de personas infames en revolución y los Orishas Yorubas

LAS TRAPISONDAS DE LA MUERTE Y SU ENAMORADO CONTADOR

Una historia de la vida de personas infames en revolución y los Orishas Yorubas

Esta historia continuará ... Jueves 2/10/2014

Dedicada a las ánimas de Guasare, QPD

I.  ANGUSTIA AHUMADA

El contador, aún sin haberlo concientizado plenamente, había decidido suicidarse. Su cuerpo sudoroso se deshacía sentado en las
sillas medio destartaladas de la secretaría de la dirección. El lerdo transcurrir del tiempo y el papeleo sucio que se derramaba a través de los metálicos archivos  acrecentaban su angustia. Era como si una daga invisible de hierro sólido se le clavara, lentamente, en el estómago.

En ese momento, el negro Urulo, el asistente de la dirección de administración, abrió la puerta de su oficina para que entrase aire fresco, al tiempo que una bocanada de humo negruzco, con cara de diablo, se escapó danzante por la puerta de su minúscula oficina de ayudante e invadió, sin más, ni más todos los espacios blanquecinos de la receptoría ministerial. La secretaria  de la Dirección; Doña Arminda; miró de reojo al portero que medio adormitado por la resaca de la noche anterior, luchaba con sus
parpados vencidos por el sueño y con la melancolía de siempre se dirigió a Jorge Luis murmurándole:

-Válgame Dios, últimamente esta  oficina ya no parece la administración del ministerio, sino un nido de brujos locos -.

Repentinamente,  como salida de la nada, la vieja Nancy entró al recinto esparciendo con una mano un líquido desinfectante con olor a lavanda, mientras trataba, con la otra mano, de estregar las gotas que se desparramaban alegres y desordenadas por las demás paredes y escritorios, mientras en voz muy bajita mascullaba una plegaria campesina.

Urulo era un hombre de escasa estatura y rostro agorilado. Sentenciado a una cabeza puntiaguda que mantenía incrustada en
un gorrito nigeriano multicolor, ostentaba en su pecho  múltiples collares tornasolados rebosados a través de una camisa mantecada que siempre llevaba semi-abierta.

- El loco lo que quiere es que le vean el montón de collares de santería que tiene, pero le digo algo señora Arminda, según yo sé, los collares de los Santos son tan sagrados que no pueden estar a la vista de los mortales, por eso insisto, ese negro retrechero lo que es un gran adulador y exhibicionista con eso de la Santería y la brujería, pero más na…, ja, ja…Si se mete conmigo le voy ha enseñar quien es bruja de verdad, ja, ja…-; repostaba la vieja Nancy en alguna pasada tarde bucólica de diálogos ministeriales.

Inmediatamente, desde lo profundo de los dominios de su olorosa oficina latió un lento y amenazante: - Armindaaaaaa-. Pero Nancy le replicó sin vacilaciones: 

- No crea que tenemos que soportar la hediondez de su tabaco a toda hora. Arminda tienen razón, las oficinas del gobierno no son para hacer brujería, sino para apoyar al pueblo, ¿no es así? -; remató estridente la limpiadora mientras detallaba altivamente al hombre, de arriba abajo, cuando éste se plantó en el centro de la
puerta de su oficina como gallo de pelea.

Arminda regresó con testarudez su rostro hacia el trabajo amontonado sobre su escritorio y acostumbrada desde antaño a presenciar los espectáculos de las peleas laborales de los funcionarios de cada estación, sabiendo desempeñar varias actividades al mismo tiempo y sin retirarle la vista de encima a Jorge Luís, apuntó con su faz de corcho:

-¿Se siente mal licenciado, quiere una aspirina para los dolores- mientras hacia notas en un libro grisáceo y aceitoso de entrada de documentos.

El contador, desconsolado, con la vista perdida en el vacío, sacudió la cabeza de un lado a otro en negativa señal, sin pronunciar palabra. Meditaba acerca de las injusticias de su vida. Pensaba en su hija María Eugenia y en su frustrado viaje a Europa; en Cecilia, su mujer, tan abnegada en las tareas del  hogar y en su carrera truncada de funcionario. Una desesperanza honda aguijoneaba su
sensible corazón, aderezada con sonoros chillidos telefónicos. Allá afuera, en medio del ronco rugir de la agitada ciudad, la tarde se desasía por entre los vitrales mugrientos de pastoso hollín, y los transeúntes se movilizaban caóticamente en una danza neurótica, parecida a las que perpetraban las hormigas locas de la plaza principal del centro.

La secretaria Arminda, con su voz de ébano y su cotidiana parsimonia gubernamental, bien aprendida a lo largo de treinta años de servicio ininterrumpido, mantuvo su paso señorial de trabajadora, acompasada del concierto esquizofrénico de los teléfonos, mientras la aseadora y Urulo realizaban su propia cruzada.

- Esa fumadera de tabaco no está permitida en las oficinas del gobierno, porque está contaminando el ambiente. Hay una resolución, y se la voy a buscar, para que la lea y se la aprenda, pues nos tiene asfixiados a todos los que trabajamos aquí. Lo que hace es ensuciar todo el ambiente.  ¿Cómo se ve que usted no es el que limpia? -, remató la mujer indignada.

- O se calla o la mando a despedir inmediatamente de aquí, sirvienta engreída. Mire que sí le fumo un tabaco al revés y se lo
conjuro con el espíritu del eterno despido, mañana no amanece en el carguito de obrera. Solo sabe chismear y no limpia nada, lengüetera del demonio. Sálgase de la Dirección ahora mismo o la mando a desalojar con seguridad. Mire como está la oficina por allá afuera, bien cochina, y usted sólo vegeta pendiente de la vida de los demás. Vieja maldita -; dijo Urulo encrespado, mientras de un portazo quedó preso en su oficina.

Definitivamente no era un buen momento para que Jorge Luís atendiera más conflictos laborales, frases descoloridas y las estupideces de siempre. - Más demagogia no, por favor-, se repetía internamente el hombre. El contador no portaba las fuerzas suficientes para oír, estoico como antaño, las peleas, sinsabores, los embustes y las eternas explicaciones, concebidas desde el ombligo de la rancia burocracia de los gobiernos de la temporada.

En medio de la algarabía, del llanto y las amenazas de la vieja Nancy y de los insultos que seguía propinando el negro Urulo desde lo recóndito de su oficina, Arminda respondía los teléfonos, 

- La señora directora -, insistía la secretaria en tono de edecán de campo,- Se encuentra muy ocupada en este momento, atendiendo una reunión muy importante y giró instrucciones precisas para que por ningún motivo se le interrumpiese. Pero si desea dejarle algún mensaje con muchísimo gusto..., bla, bla, bla -; las mentiras de siempre. 

Jorge Luís se resistía a seguir oyendo el mismo parlamento gastado y falso, que a lo largo de su peregrinar ministerial había insensibilizado sus oídos. En ese momento desesperado la aseadora grito un terrible, - te arrepentirás de tú bocota, negro mojino, más pronto de lo que imaginas. Vamos a ver quien será el botao -;  y partió hecha un velorio por el pasillo principal.

En ese instante, la puerta negra de la dirección se abrió, derramando sus sórdidos crujidos de siempre, portadores de tantas buenas y malas noticias a lo largo de los años. Pero esta vez, los sonidos no arrojaron los acordes conocidos. La directora traspasó rápidamente la sala de espera, acompañada en tropel, de su sequito de funcionarios de confianza y con ojos amelazados se detuvo ante Jorge Luís comentándole un retórico:

- Lo siento mucho licenciado, pero ya no hay nada que se pueda hacer por usted. Verdaderamente lo lamento de corazón-, y sus irónicas palabras escoltaron la acústica de su rumbo apresurado. 

Luego se detuvo  frente a la puerta principal del despacho y le refirió a la Señora Arminda un tímido, 
- no es bueno tantos escándalos y gritos, mira que se pueden escuchar desde el despacho del Ministro. Dile a Urulo que controle al personal-, y con la misma Renatta Firizzola desapareció como fantasma.

Con el entendimiento nublado por la noticia que acababa de recibir, el hombre, de pantalón cenizo, intentó incorporarse lentamente sin conseguirlo. Una nueva explosión de ácido se le derramó a través de las entrañas carcomiéndole el estomago y a penas, si logro balbucear cortas palabras de despedida, que de inmediato se volvieron lejanas. - No se preocupe doctora y gracias por todo-, replicó el contador.

Así permaneció largo rato hasta que la Directora del Despacho del Ministro, -¡en persona!-, acompañada de una fauna de funcionarios diversos: Secretarias, vigilantes, abogados y personal de seguridad; embistieron a la Señora Arminda advirtiéndole:

- Que el doctor Urulo firme por favor, inmediatamente, la resolución de su destitución. Es una orden expresa del ministro. Ya todo está conversado con su jefa, la Directora de esta unidad. Si no estuviere de acuerdo con la medida de reemplazo puede comunicarse con la Consultaría Jurídica del Ministerio para que emprenda los tramites respectivos y sea asesorado en la materia que le competente. Y que se presente en la embajada de Cuba para su deportación inmediata-.

Arminda, atónita por lo que acababa de escuchar, se levantó de su asiento, golpeó dubitativamente la puerta de la oficina de Urulo y volvió a sentarse en su puesto como hipnotizada. El hombre salió lentamente del lugar, con la camisa abrochada hasta el cuello y un enérgico; 

- firme su destitución a la prontitud  y después apela si no se siente conforme con las medidas administrativas. Cuenta con ciento veinte días para reclamar ante los tribunales competentes, no obstante, bla, bla, bla -, sobrecogió a los porteros y demás secretarias de la Dirección.

Urulo observó a la mujer frontalmente y desconcertado a la vez, garabateó en el papel que tenía delante sin siquiera leerlo, recogió el abrigo colgado en su asiento y con la misma, dando un portazo salio del recinto y se marchó para siempre. No sin ignorar a su presunta verduga. Al cruzar frente a la puerta del baño de mujeres gritó un pavoroso:

- No te escaparas de mí,  vieja maldita, tú y tus descendientes me la pagaran muy caro-.
 
Nancy entretanto, temblando de frío en el baño de damas, volteó su rostro hacia Sofía, la aseadora del despacho del ministro y con semblante compungido le confesó a su colega de trapos y jabones:

- Urulo es palero, un adorador de la muerte, seguramente me hará un Budú para matarme, ¿qué hago? -, preguntó con desespero la vieja.

- No se lo permitas-; respondió la mujer del veintiséis con rostro de obviedad.
  




Esta historia de novela continuará en otra entrega...