lunes, 11 de julio de 2016

De adentro hacia afuera ¿Y a la inversa?


De adentro hacia afuera

¿Y a la inversa?



Cuando escuché a Chavéz decir que en su gobierno el desarrollo sería endógeno vi una luz en el camino. Con los años, atenta al discurso presidencial imaginé que seguramente se desconocía que tanto el origen del término, como dicha modalidad de desarrollo, habían nacido en Estados Unidos, en el corazón de Harvad University, en el ombligo del imperio y que fue el propio presidente Thruman, durante la postguerra, quien le dio partida de nacimiento y lo impulsó por las manos de teóricos, empresarios y políticos.

Luego, debí llenarme de entereza para no infartarme con los inventos fatuos y la ignorancia de su puesta en práctica. Los responsables de su aplicación se conformaron con revisar, sólamente, el pequeño Larousse y copiaron la explicación de diccionario, repitiendo como loros amaestrados que “el desarrollo endógeno era de adentro hacia afuera”. Aún hoy, profesionales del más alto estamento repiten la alharaca posicional del desarrollo. Los encargados de manejar las finanzas comenzaron a crear núcleos, centros, nichos, sembradíos y demás grupúsculos de presunto desarrollo endógeno que nunca fueron más que un gasto sin retorno, donde algunos vivos recibieron prebendas, tanto del pueblo, como los administradores públicos.


Los izquierdosos y los que querían legitimar su ambición de poder con dichas banderas promovieron que ese tipo de desarrollo era bueno porque era de izquierda (nunca sabremos si comunista, socialista, social demócrata u otra moda) y la oposición (¿de derecha? según los otros) no otorgó una respuesta contundente a los errores en la política económica y de desarrollo que adelantó el gobierno. Incluso, cometieron el traspié garrafal de argumentar en algunas elecciones del almanaque político que si había cambio ellos mantendrían las misiones, ese engendro pranistico del gobierno donde el gasto no recibió contrapartida y no contó con las regulaciones formales que dicta la ley en materia del presupuesto público. 


Cuantiosos millardos destinados al desarrollo endógeno se extinguieron por el desaguadero de la nada. Hoy este tipo de desarrollo es una quimera pues los venezolanos, después de tantos años de publicidad, sólo encuentran escasez donde debía haber miles de marcas criollas, exportar nuestros bienes y dar sostenibilidad a un superávit de bienes y servicios donde sólo hay caduca importación. 

El desarrollo endógeno exige grandeza nacional para construir una “visión compartida” del país que todos queremos. Supone anteponer el futuro nacional a las banderas políticas de un gobierno y una oposición, promoviendo y aupando una discusión seria sobre cómo realizar acuerdos estratégicos para hacer “esa Venezuela del futuro”. 


Seguramente habrá coincidencia en que todos apostarían por seguridad, productividad, independencia política, tecnológica, buena educación y verdadera justicia. Para la conformación de esta visión se requirió verdaderos líderes y no los hubo (aunque el pueblo ingenuo lo creyó). Luego, viene el cómo implementar el desarrollo. Para esta fase se necesitan buenos gerentes y no aprendices, ni carga armas. Tampoco corrimos con la suerte de contar con ellos. Se trata de un trabajo delicado y milimétrico cargado de azar, donde surgen enemigos internos y externos. Venezuela es rica en recursos naturales y los “otros países” necesitan de nuestras fortunas para ganarnos la batalla. 


Un inventario de requerimientos para el desarrollo seria: Una educación centrada en el trabajo, una comunicación que aúpe conocimientos técnicos y valores, una seguridad y defensa integral que rescate el país del hampa y de los pranes y gestión (sinónimos de gerencia y gobernabilidad) que permite poner en el timón de este barco a personas con conocimientos técnicos, moral y capacidad para hacerlo bien y responderle al pueblo.



Finalmente, y esta es clave del desarrollo, se necesita un pueblo (comunidad organizada, poder popular, como les guste llamarse) para responderse a sí mismos sobre su vida, comprometidos con su futuro y su trabajo, que no esperen que otros les regalen o les hagan. Sólo un pueblo dueño de su propio destino sabrá exigirle a sus dirigentes. Ésta es la base del desarrollo endógeno, contar con un pueblo que pueda querer a Venezuela. Hay que replantearse la vida en Venezuela y salir de la puerilidad del “adentro hacia afuera” que únicamente condujo a la quimera del desarrollo endógeno.




Alucinante Belleza

Yo ahora, con la chicharronera


Alucinante Belleza


La belleza es apetecible, deseada, buscada. ¿Quién en su sano juicio ansía encarnar la fealdad? Grandes mitos han cantado la urgencia humana por poseer-la. Primero, los africanos. Fue en el mito cosmogónico en el cual Shango, el perfecto, se enloquece con la belleza de su cuñada Oya, diosa de los vientos, estableciendo la infinita guerra con su hermano Ogun y dando curso a la neurótica cólera que desatan los celos y la infidelidad. 

La misma historia se repite con la hija de Zeus y Leda, Helena, la reina de Esparta, secuestrada por el príncipe París y llevada a Troya. Hasta el propio Aquiles es recordado por la mortandad épica 
Ahora voy asi
que acompañó la hermosura de Helena. La belleza es por naturaleza raptable. Su influjo es tan difícil de ignorar que nos arrebata a nosotros mismos. Lo bello provoca, seduce hasta el punto que enajena de tan bello, tornándose lejano y cercano a la vez. 

En Venezuela la belleza partió lejos. El París traidor, mentiroso, insensato secuestró las vías hacia la buenamozura dando 
Mi tía Clarita cuando habia
maquillaje en Venezuela
curso al desabastecimiento, la inflación, el despilfarro y las políticas económicas erradas que han liquidado la belleza, hasta los cimientos básicos. 

No es normal, como antes, adquirir lo primordial para el aseo: desodorante, talcos, champú, tintes del cabello (la mega desgracia), cremas, desrizantes. 

Yo, parezco que estoy en mi tribu originaria. Tomé un tenedor y me alborote el afro, como en la niñez, olvidando la melena lacia y sedosa. Los costos se han hiperincrementado pues toda la utilería del glamour es importada y el desequilibrio del dólar 
pasó factura. Y no les cuento las operaciones de belleza, desde las simples hasta las inyecciones mustias de vitaminas que no hay… ¿Quién paga esta cuenta? ¿A quién afecta más el problema del dólar? ¿A todos por igual en Venezuela? ¡No! Veo a la primera algo lisita pues no sale de un dermatologo (a)

Los ricos tienen sus dólares en el extranjero, tanto como los mafiosos y los burócratas corruptos. Está claro. Es el pueblo voluminoso, la extinta clase media y los pobres de siempre que sudan para buscar el pan y las cositas mínimas con que vivir y hacerse el aseo básico. Ahora todos los venezolanos estamos y 
¿Bañarse? en fotos
vivimos en condiciones de gran pobreza, desde lo ético, pasando por la inseguridad, hasta la depresión profunda en el mercado de bienes y servicios. La vida toda se trastocó porque así es la economía. Economía no es teoría económica, ni política económica, es hambre o felicidad. Ojalá esta clase la aprenda el pueblo.

Me gustaría saber si todo el aquelarre de los partidos que existió antes del actual gobierno que hacen la guerra por twitter, tienen champú en Florida y Miami. Estúpidos y cretinos políticos y
Yo, antes de ésto
dirigentes que  en su incorrecto  proceder dieron paso al esperpento de gobierno que sufrimos hoy en Venezuela.  Me gustaría encontrarme con un París, quedarme en la Troya vieja para no sufrir tanto viendo a mis paisanos pasando tanta roncha con toda esta pobreza y yo con los chicharrones alborotados sin una cremita que me ayude. 

Si tan sólo quedara un Aquiles, ¿quizás? renacería Afrodita con su alucinante belleza natural…




Mi mascota ya no me reconoce con el greñero



martes, 14 de junio de 2016

II La Caída


II La Caída

Desdémona en su nuevo plan

Los días transcurrían velozmente en la nueva vida de la elegantísima Desdémona, pues, a través de su plan perfecto logró catapultarse hasta la cima del poder del Buen Traje. Su belleza natural, su estampa de maniquí viviente y sus meneos sinuosos y constantes con los sexagenarios de la junta directiva, le permitieron hacerse con el poder total de la empresa… Fue así, hasta el día que Madame Gladys Estocolmo de Trandisi, una diseñadora internacional, con vasta trayectoria y fama mundial, amparada en la recomendación de familiares de ciertos accionistas descontentos, traspasó la puerta principal del negocio, oscureciendo con su gabardina atigrada y su sombrero de ala ancha, hecha de razo negro, toda la luz de la mañana que desmenuzaba la reja de la fábrica en movimiento.

Ésta, al ser llevada frente a Doña Desdémona, inclinó la cabeza para visualizar a su interlocutora, mirándola de pie a cabeza, sin sonrisas, ni carantoñas y justamente cuando la anfitriona iba a pronunciar la primera letra para hacer sentir su presencia, la refinada mujer, inquirió con cara de asco:

− ¿Mi oficina?... Hay mucho trabajo en esta pocilga campestre y ni se crean que viviré en el ombligo de este pueblo de campesinos perdidos. Quiero un chofer para mis traslados diarios a la ciudad… No se puede llegar a París con el humo de los campesinos pegándonos en las narices día y noche−; y salió como bala, expresamente a buscar a los dueños, para su inicio triunfal. Luego remató escéptica:

− Espéreme en mi oficina para dictarte tus deberes y la agenda de hoy y no me mire con esa cara de perra chiquita. Consígueme a la brevedad, agua fresca y mucha fruta que aún no he desayunado y no vine a este pueblucho a pasar hambre..., y rápido ¿he? Que no tengo tiempo que perder ante su facha cubierta de harapos artesanales que lleva endilgados como vestimenta jefatural…, estoy apurada−; remató sin mirar a Desdémona a los ojos y corrigiéndose el maquillaje mientras se miraba complacida en el espejo incrustado en una reluciente polvera de plata.

La platinada Desdémona sintió como hirvió su cabeza tal como olla de presión en plena ebullición y tuvo que contener sus puños para no estrangularla allí mismo o hacer alguna locura que delátese su capacidad de exterminar a sus enemigos. Sintió unas locas ganas de matarla y a partir de ese instante su mente nunca perdió de centro ejecutar el referido propósito. Fue así, como el chisme del desagravio contra la mandamás del Buen Traje, corrió como pólvora en ventolera a través del boca a boca que se abre en todas las máquinas de coser en el gran taller. Ninguna de las obreras y costureras…, todas menos Nurse, la hermana mayor de la Desdémona, consideraron ese día como el primero de una larga lista de ajusticiamientos merecidos y necesarios. 



La ex jefa, a lo largo del tiempo, había desarrollado una sutil tiranía con todas las empleadas que, para aquel entonces, había traspasado el umbral de la amenaza verbal y el despido, contemplando vejaciones, humillaciones y castigos físicos innecesarios para con unas humildes costureras pueblerinas de fábrica. El punto culminante estalló cuando su propia hermana fue azotada en presencia de las demás trabajadoras y sin claro motivo que justificase tal tropelía. Los días mostraron su lerda travesía de camión viejo…

Madame Gladys arrolló y desplazó, con su perfecta estampa de modelo y de mujer conocedora del mundo de la moda, sofisticada y refinada; el sitial que Desdémona consiguió en su carrera en el Buen Traje. La rubia terminó relegada a un
banquillo mullido en la puerta de la secretaria de la “Gran Modista” como finalmente la apodaron en la fábrica a Madame Estocolmo de Trandisi. Pero su lasitud y pasividad abrían el espacio para que Desdémona pudiera idear su asesinato perfecto.

Una tarde de tormenta, se corrió por entre los cafetines luminosos surgidos del ombligo del nuevo negocio de la moda y sus cómplices tarantines y comercios, la llegada de un tal Plinio Martelino y la memoria de los oriundos del pueblo
dio marcha atrás. La noticia se origina por la entrada de su carro último modelo y por la forma tan arrolladora como el joven y guapo mozo, seducía a todas las mujeres a lo largo de su mano. Sus ojos de fiera en caería, su perfil griego y la perfección de todo su cuerpo se acompañaban con un tono de voz cálido y aterciopelado que combinaba con sus perennes halagos hacia las féminas y su capacidad para complacer sexualmente a todas las mujeres.

Y mientras Desdémona ideaba planes infinitos para deshacerse de su rival en la fábrica, las noches se hacían cortas dentro del taller de costura de su casa, pues Desdémona ensayaba constantemente nuevos modelos que le permitieran sobresalir ante los accionistas, en el diseño y confección de piezas innovadoras…, necesitaba algo especial que pudiera sobresalir por encima de todo lo conocido. Por otra parte, ella retomó sus paseos con el ahora viudo y enamoradísimo Atilano, quien días después del entierro de su esposa, no había dejado de rogarle su regreso y solicitarle favores de amor a la platinada. Desdémona, despreciaba hasta el fondo del alma a este hombre infiel, pues lo consideraba un vejestorio inútil y anticuado con el que no permitía ser vista en público, ni por un instante; pero, sin él saberlo se convertiría, poco a poco, en el eslabón perfecto para el ejercicio de su regreso al poder dentro del Buen Traje.

Sin embargo, sus días de esplendor dentro de la fábrica se acurrucaba sólo en la memoria de Doña Desdémona pues, todas las costureras se encargaban, casi con precisión militar, de hacerle los días largos y desdichados, burlándose de ella
por doquier, ridiculizándola a cada paso y con el correr del reloj, desautorizándola y desobedeciéndola hasta en las más pequeñas tareas y órdenes; al tiempo que la admiración, el respeto y la total sumisión ante la recién llegada jefa Gladys mostraron su mejor sonrisa a la orden del día. 

En la tarde, casi a la hora de partida de las obreras, mientras Desdémona pasaba los minutos sentada haciendo que trabajaba y fraguando el rápido momento de deshacerse de su nueva jefa, Gladys espantó las sombras que rodeaban a la antigua patrona y sin más explicaciones les propinó un seco:

− Ya no te quiero más por las oficinas administrativas. A partir de ahora regresarás al taller−; dio media vuelta y desapareció entre los royos de telas estampados y las hojas de diseño de moda pegados de la pared. Las arcadas y el sabor a hiel regresaron a la boca de Desdémona, como el primer día que descubrió que había sido la burla de Taransi…!



Esta historia continuará….




lunes, 6 de junio de 2016

Las Costureras del Buen Traje (I)






Las Costureras del Buen Traje  (I)
Nurse Perdomo y su rubia hermanita Desdémona, aprendieron a ganarse la vida zurciendo ropa ajena y cultivando un colorido jardín en el frontal de su pequeña casa pueblerina. Hijas de unos añejos burgueses que se vinieron a menos después de la guerra, sus vidas transcurrían entre el trabajo y la compañía de unas perritas peludas que hacían la fiesta de sus impasibles atardeceres hasta aquel dramático día…, un día triste en el que Desdémona se enamoró enloquecidamente de un hombre alto y fornido como un roble viejo, perdiendo en minutos la virginidad y convirtiéndose en el hazmerreir de todo el mundo, por la fanfarronería de su amante
chismoso y exhibicionista. ¡Todos supieron como la desvirgó y se largó de Taransi…!, fue el corrillo popular que se susurró en el pabellón de múltiples oídos que se prestaron para el último chisme, en la modesta plaza grisácea del pueblo.

Las hermanas Perdomo, aunque de la misma sangre, eran distintas y los hechos terminaron por demostrarlo. Un día llegó la compañía Del Buen Traje y el cambio arropó a la impasible comarca. Desdémona, perseguida por sus fantasmas y por el deshonor, buscó trabajo y prontamente, se enroló como zurcidora del novel taller, tan velozmente como al giro de la moneda fue contratada su

hermana Nurse. Casi como una danza de estrellas, la ventolera de la gran industria textil liquidó los pequeños talleres artesanales de costura familiar y las tradicionales modistas, sastres y zurcidoras terminaron asalariados en la nueva fábrica para soportar el hambre. Fue así como todas las prendas de la excelsa tienda Del Buen Traje serpenteaban por doquier, desde los grandes bazares y pequeños rincones tradicionales, hasta las mantas modestas de los tenderetes de orilla de los caseríos aledaños.

Poco a poco, el pueblo fue olvidando el deshonor de la menor de los Perdomo… ¡todos! …, menos ella. La mujer se juró que el gran desprecio y chisme concebido con su desgracia seria cobrado, poco
a poco, con la sangre de los infelices. Entonces, ella decidió seducir a los hombres claves de la fábrica sin más ética que el largo de sus ligueros y faldellines. Primero fue preso don Rugencio Calcañez, un viejo enclenque y sadicón que intercambiaba aumentos de sueldo por momentos de sexo con las costureras, dentro del almacén de telas o en el baños de los hombres que caleteaban las mercancías. Un día cualquiera, el tipejo apareció muerto detrás de unos telares y su autopsia señaló que fue un ataque al corazón… Fue todo…, y felizmente Desdémona ya había alcanzado el mayor sueldo que cualquiera pudo aspirar en el grupo de las costureras de la fábrica Del Buen Traje. Aumento, que si se piensa bien, fue conseguido en tiempo record, si se compara con el resto de los emolumentos de las empleadas y trabajadores.

Luego, un nuevo romance de la Desdémona arribó hasta el escritorio del contador Ovidio Aponte, hombre serio, con familia establecida por muchos años y laboriosidad de puntillista. Desdémona lo sedujo con sus grandes ojos de tormenta y todas las tardes lo esperaba en un pequeño café del pueblo para escaparse y
pasar juntos largas tardes amatorias, desterrados en una posadilla de ladrillos rojos, en las montañas escarpadas de los linderos de la zona. Desdémona había aprendido a dar placer a un hombre y a cobrar por sus afectuosos besos sin que su conciencia se angustiase por ello..., convirtiéndose en lo que el pueblo había decretado, injustamente, que ella era… ¡Una mujer sin honor!

En pocos meses y sin dificultad fue ascendida desde el taller de costureras hasta el Olimpo administrativo, quedando coronada como asistente administrativa. Ahora, la catira tenía poder, pues la información de los ingresos, aumentos de sueldo y próximos despidos estaban al alcance de sus manos de tijeras. Poco tiempo
pasó hasta que Don Ovidio sufrió de sangramientos estomacales que lo obligaron a tomarse largos reposos. Entonces, la recién ascendida costurera esmeró sus acciones en llenar el espacio vacío por el contador. Muchas tardes, fue la antigua costurera quien hacia las entregas de los informes…, pues largas noches de auto aprendizaje llenaron los espacios de su vida. Un día llamaron de casa de Ovidio Aponte informando que había muerto. La tristeza inundó el lugar y un dejo de esperanza corrió por la mente de la antigua zurcidora. ¿Quién sustituiría al contador Ovidio?...

En la tarde se presentó en la oficina un hombre con chaqueta mohosa, verde aceituna llamado Amadeo Pernia y dijo que era el nuevo contador. Sus ademanes afrancesados y finísimos pronto lo catapultaron como el “nuevo monigote gay de la fábrica” y esta falta de reputación impidió que los superiores homófobos apreciaran su trabajo. A la siguiente semana fue despedido sin ninguna explicación. El puesto lo ocupó, prontamente, una tal Nereda Carrillo, una contadora vieja y amargada, con porte y rostro de yo no fui, que por sus años de servicios se suponía con la
experiencia suficiente para sacar adelante las cuentas de la pequeña empresa. Pero con la vieja en la jefatura las cosas eran distintas para la Desdemona. Su nueva regente era un ser amargado que quiso cambiar todo el trabajo de la fábrica e incluso, amenazó a la rubia con regresarla a su antiguo tugurio de hilos y tijeras si continuaba la tongoneadera con los demás contadores de la oficina. Ésto, retumbó hasta el fondo en el corazón de la recién estrenada aprendiz de contabilidad y decidió invisibilizarse, escondida detrás de los archivos, armarios y demás muebles de la oficina. Se enterró en un hueco en el fondo oscuro del recinto y desde allí acechaba con sigilo y odio a la mandamás.

Las cosas mostraban una lasitud de corbata caída hasta el día que a la vieja Nereda Carillo, su esposo la fue buscar a la salida de la fábrica. Éste, era un viejo flaco y grasiento, pelo blanco, con dientes de ratón, quien no paraba de vomitar incoherencias locas, haciéndose pasar por poeta y gran artista. Con sus visitas vespertinas, poco tiempo tardó el hombre en visualizar, justamente al fondo del salón, los grandes ojos azules de la Desdémona; que agazapada como pantera tras su botín, en minutos, perpetró mentalmente la forma en ¿cómo deshacerse de la peligrosa vieja de la oficina de contabilidad?. Comenzó el vejestorio del Atilano a visitar diariamente a su esposa gorda, con la escusa de acompañarla de regreso al hogar, justamente hasta el día que intercambió la cita con Desdémona. La joven, sin pérdida de tiempo, atrapó al infiel en su ardiente alcoba y después de varios meses de impetuosos amoríos lo dejó, intempestivamente, sin más comentarios que el cotidiano “eres un hombre casado”.

La ruptura con Desdémona enloqueció al enamorado Atilano que se deshizo en cartas, poemas, regalos, citas, flores, bombones y utilizó todos los artilugios de la ciencia y el arte de enamorar a una mujer que hasta ese momento el pobre conocía. Así llegó el gran día…, la espigada rubia le daría una cita. Ella acudió parca y no le permitió al hombre su ridícula palabrería de siempre. Fue categórica insistiéndoles que de continuar la relación con ella debía abandonar para siempre a su mujer. Luego, le acercó a su mano un pequeño frasco con el veneno suficiente para dar marcha infinita a ese nuevo amor. El hombre abrió la boca asustado mientras Desdémona se marchó sin más explicaciones que un gélido adiós. 



Así pasaron días, semanas y meses, sin más acontecimientos que las miradas de Atilano cuando todas las tardes se apersonaba a la fábrica a recoger a su vieja mujer y desplegar sus ojos de cordero degollado sobre la humanidad de la rubia que con desprecio lo ignoraba insistentemente. Pero la vieja Nereda era experimentada y
siempre supo bien los sentimientos de su marido con la costurera. Al día siguiente y en venganza ordenó que regresaran a Desdémona al viejo taller de costura, hasta nuevo aviso, argumentando que ella no cumplía con eficacia el trabajo de los números. Esa noche la costurerita no pudo dormir pensando en su vertiginoso descenso laboral y en medio de sus tribulaciones una idea fija la obsesionó hasta el cantar de los gallos. Al levantarse su plan estaba conformado.

Aquella mañana, cuando la jefe de los contabilistas se aproximó a la escalera para avisar a un empleado, Desdémona, sigilosamente y sin que nadie se fijara, le propinó a la vieja un gran empujón que la hizo volcarse pendiente abajo hasta romperse la nuca con el último escalón. La rubia nunca más seria una obrera del montón y ese fue su gran juramento después de quedar desprestigiada en todo el
pueblo. Desdémona gritó despavorida ante el cadáver y, mientras todos se agolpaban asustados alrededor del cuerpo de la vieja gorda de Nereda, ella disfrutó su obra desde lo alto. Sintió que la alegría le punzaba todos los poros de su ser mientras burbujeaba la sangre desde el cráneo de la vieja. Nunca más permitió que el infeliz del Atilano se le acercará, ni por un minuto…, nunca más.

Fue cuestión de tiempo su nuevo cargo, pues la ex costurera siempre dio muestras de ser muy inteligente, trabajadora y había aprendido con esmero el arte de la contabilidad, a pesar que en su apartada casa del pueblo todas las noches la vieja máquina de coser
movilizaba sus aceitados engranajes. Ella usaba un vestido nuevo todos los días…, a pesar de la crítica de su hermana Nurse. Además, ella se encargó de pestañearle sensualmente al administrador de la fábrica, un rubio, con cara de sádico que terminó por recomendar a Desdémona como la candidata adecuada para llevar las cuentas de la fábrica. Así sucedió.

La menor de las Perdomo destacó ante la Directiva por su impecable trabajo, su larga y dorada melena y sus curvas abultadas. Ella enredaba los análisis contables para ser llamada por el administrador ante la Directiva, conformada por un puñado de viejos anacrónicos que eran los dueños y accionistas Del Buen Traje. Su plan de asenso hacia el poder tomó cada vez más cuerpo, pues su inteligencia despierta, buen porte y audacia en la respuesta la hicieron, prontamente, sobresalir del resto del personal. Finalmente, la Directiva sintió en ella una aliada, no sólo en
materia de números, sino de las interioridades del personal y en los últimos diseños, la nueva moda, pues su estampa mejoraba día a día. De ser una obrera del montón Doña Desdémona, como se hizo llamar con el tiempo, se convirtió en la mano derecha de todos los negocios de los inversionistas interviniendo en las compras, los diseños, los despidos, los aumentos de sueldo y todo lo demás. Desdémona trabajó todas las horas que pudo sin solicitar una sola moneda más a cambio de información, poder y control total de la compañía.

Nurse, por su parte, se mantenía tranquila cosiendo cierres y dobladillos, sin dar cuenta, ni hacer mucho alarde de su parentesco con Doña Desdémona. Sin embargo, todas las noches, cuando su hermana menor se trancaba en el viejo taller familiar, a puertas cerradas, para realizar sus novedosos diseños y coser…no se sabe qué?..., unas arcadas toscas le retorcían el fondo de las tripas. Era como si una desgracia desanchada se desplegaba por el medio del hilo y la tela en movimiento…




Esta historia continuará….


domingo, 15 de mayo de 2016

La moneda de Felicia: una bruja de Turmero y la magia de su riqueza

La moneda  deFelicia  

¡El amor es la alegría de saber que alguien existe!

By: María Mas Guasare Herrera y Herrera

Gracias a la Santísima Virgen de Coromoto,
patrona de Venezuela


Este relato se realizó a partir de difusos datos verbales que el Señor Carlos Bellorin, muy amablemente, en medio de cafecitos matutinos, las arepas furtivas del local de Doña Carmen,  las estimaciones académicas de la Profesora Ana Elvira Garrido;  desperezaron en mi mente,  reviviendo de los rincones del cielo oníricos trazos de las almas buenas, siempre dispuestas a continuar en el amor…, como el espíritu de Felicia … ¡El amor es la alegría de saber que alguien existe!
Dedicado a la amiga Felicia Carmona
 Y a las agua del río


El día que Felicia Carmona encontró su destino en las serpentinas
aguas del río comenzó su nueva vida. La pesada carga sobre su turbante aturquesado la aplastaba fieramente. Se desplazaba lerda y sola a través de estrechos caminitos turmereños, olorosos a Mastranto, Mapurite y Hierba Mora. Desde que nació, su conocimiento innato de la farmacopea, los anhelos por formar y cuidar una familia honrada y el deseo de compartir un gran amor, ¡Un amore vero e grande!, la acurrucaron como manta de oro. Sin más conocimientos que una inteligencia despierta, su audaz sentido común y los estudios básicos de cualquier niña de pueblo; Felicia, con el pasar de los años, se convirtió en una espigada moza, de manos largas, delicadas y rostro de impetuoso felino. Sus ojos esmeraldinos, destellaban luceros a cada golpe de la emoción de su pecho y arrebataban el aliento bajo el cándido pestañear de su mirada. 

Felicia Carmona tenía ojos brujos que embriagaban y arrastraban hasta el enigma, ojos de siniestros crepúsculo en la rabia, de intensa luminosidad en la alegría…, ojos de hechicera, encantadores hasta el enigma de la noche honda, misteriosos como la caverna, ojos de gitana, tan mala y perversa como buena y rebelde…, siempre envueltos en un halo sacramental y exotéricos que los caracterizo, irremediablemente, hasta su último amanecer.

Las crónicas exegéticas guardan, celosamente, datos acerca del fenómeno sobre ¿cómo Felicia lloró en el vientre de su madre?... y desde entonces, lo sagrado le auguró al mundo sus infinitos dotes sobrenaturales. ¡Felicia tiene poder!..., y el tiempo se encargó de mostrárselo ante la creación. Ella era alegre, curandera, despierta, oficiosa y trabajadora…, pero fundamentalmente, amante de una vida digna más que sibarita. La gran riqueza de su hogar no la caracterizó el oropel de las cosas perecederas y banales sino, más bien, la limpieza, el orden, la honestidad, la elegancia, la modestia y la dignidad que se muestran en el buen vivir y en la caridad que viene de la mano de Dios, y nunca del avaro o ambicioso que otorga sobras al prójimo. Felicia era una mujer que sabía

compartirlo todo con el necesitado, en la carestía o en la abundancia, con verdadero amor y buena voluntad para los demás, tanto para el menesteroso, como el bienaventurado. Por ello, Felicia era una mujer muy rica, aunque en su bolsillo solo hubiese una puya. Así es y así fue…, hasta su último aliento…

Cuando el cansancio y la voraz fogosidad del mediodía la obligaron a tomar un alto en el camino árido, la mujer cansada, con el cuerpo hinchado de tanta tensión por la brega se detuvo en la ribera del rio a retomar el aliento. El peso del cargamento sobre su cabeza la obligó a agacharse con gran esfuerzo, sintió que se le aplastaba el cuello y se arrodilló en la ribera húmeda. Sus rodillas se encajaron presurosas en la tierra mojada y los saltos cantarines del agua le devolvieron algunas fuerzas… Así ralentizó su pecho…, y el cántico alegré del agua tocó la inmensa puerta de su corazón…, chas, chas, chaaaaaaas… Fue el día del gran encuentro…

Felicia sumergió sus manos en el agua correlona, y con las góticas frías que arrastró, se humedeció el rostro. Abrió los ojos e intento mover la cabeza hacia atrás, siempre atenta al perfecto y tenso equilibrio de sostener el bulto sobre su cráneo. ¡Pesaba, pesaba mucho…!, tanto como la enfermedad, la muerte y la partida…, como la traición y la infidelidad futura. Fue, en esa hora, cuando la magia del símbolo la tomó. 

De lo profundo de su ser, un remolino de estrellitas doradas comenzaron a emerger de su corazón, tomando la forma de media luna y se desplazó hasta la mitad del rió en movimiento, justamente donde las aguas poseen mayor profundidad. ¡De repente! Ante los ojos moros de Felicia, el agua comenzó una potente ebullición, como si un gran caldero hirviera desde las profundidades arenosas del río y, en el lugar, una potente explosión de luces doradas se elevó por los aires colándose frente a las estrellas de Felicia. 

Fue así como las fuerzas del río mostraron, finalmente, su increíble contenido, pues la otra mitad de la moneda se desenterró de las aguas. Millones de pájaros cantaron, y el viento azotó las hojas de las copas verdes, tanto como los peces del río se agruparon tal acuática corona. Fue un momento divino, al unirse las dos partes de la moneda de Felicia, la de su corazón y la del fondo de las aguas. Una vez constituido el símbolo sagrado en mágica copula, ella fue posesa por un ente helado que le conminó hasta los huesos y el influjo mágico inicial regresó a su cuerpo, pero ahora acompañado por la potencia del río. 

Felicia se sintió cansada y feliz. ¡Quedó en extasis!. Desencajó la carga desde lo alto de su cabeza y apoyó su cuerpo sobre los talones, desfalleciendo su cuello hacia el frente, con los puños cerrados y apretados sobre su regazo mojado. Allí paso el tiempo… Nunca se sabrá cuanto… ¿segundos, minutos, horas…, cuánto tiempo…? mientras ella rezaba para retomar el aliento. Al fin, la joven abrió los ojos, lentamente, y se percató que el sol brillaba de otro modo…, más prístino y tranquilo, sin el desasosiego de siempre, no había miedo, ni angustia. Miró hacia las aguas y su
figura estaba patentada allí, hermosa, altiva, distinguida…, ella se avistó como una gran reina cuya estampa quedó anillada por millones de pececitos multicolores que acompañaron su icónica imagen. ¡Felicia encontró su corona en el río y también su destino!

Emocionada, suspiró hondamente y una mueca picará mostró sus dientes de marfil. Sintió que algo muy fuerte le agitaba el puño derecho y abrió la mano de sopetón. Al hacerlo una morocota añeja, con la imagen de la Virgen de la Coromoto fue su prenda y botín. ¡El símbolo sagrado había sido consumado inexorablemente!

Allí comenzó la magia de su vida, sus oráculos se hicieron famosos en Venezuela y personas de todas partes vinieron para que ella les deparara su suerte, destino y salud. Desde entonces, la riqueza y la fama tocaron la puerta de su vida y su familia hasta el presente…,
hasta hoy, hasta la pluma de los artistas, hasta la eternidad. 

¡También narran que cuando el río correlón transita con vivacidad las calles de Turmero son las estrellitas del alma de la “Gran Felicia” que están ayudando al pueblo...! Amén.



Oración de Felicia

Jesús, Jesús

Esta alma enferma 

Te pide tu salud

¡De Felicia para la doctora!