LA BRUJA DE GUAYABITA
Y el enano verde
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Beatriz Herrera Guasare |
“La juventud es un tesoro que no
se hereda” es una máxima que reitera mi madre diariamente en el desayuno. “Multiplicar
esa riqueza es una obligación familiar” forma parte de la letanía y
advertencias, particularmente, a la joven Beatriz Herrera Guasare, alias
Frescolita. La niña con cara de ángel quedó presa del afresado apodo por sus
redondos y rozagantes cachetes que mantuvo hasta bien entrados su años mozos.
Siempre dio muestras de una inteligencia despierta, buen humor pero se
caracterizó, hasta la saciedad, por su gusto ante lo exotérico, místico y oculto.
A los siete años fue sorprendida en el solar de las guayabas y mangos fumándose
el primer tabaco y la abuela para acallar el escándalo de mi madre explicó que,
seguramente, esa muchacha era la reencarnación de la combativa Luna Libertad
Herrera, líder mantuana, sempiterna de San Mateo. Que la niña tenía candela
incrustada en los ojos y por tanto la dejaran en paz pues, ella se encargaría.
Fue por ese evento que se prohibió, terminantemente, llevar ningún tipo de tabaco
a la vieja casona. Así lo hicimos.
Pero los niños crecen y alzan el
vuelo tal como lo hizo Beatriz con su morral escarlata a cuestas quien se
dedicó a realizar excursiones para conocer, milimétricamente, todo el pueblo de
Turmero, desde el alba, hasta bien entrada la noche. Por ella el teléfono
repicaba sin cesar pues sus amigos y relacionados la buscaban a toda hora. Tenía
una vida social activa la cual acompañó con excelentes calificaciones,
manteniendo el aura infantil y mantuano. Pero un día traspasó los pasillos de
la casona con una joven alargada, un tanto desaliñada, provista de unos humildes zapatos
polvorientos y nos la presentó como su amiga de Guayabita llamándola:
–
Esta es Yaritza, Yaritza de los ríos, del río de Guayabita−,
terminó aclarando. La abuela pensó que se trataba de su apellido, pero yo, que
tengo los pies en este siglo asumí que estaba ante una ocurrencia de Beatriz y
que seguramente la invitada era hija natural. Su alargado y rimbombante
apellido
era todo invento de la astuta Frescolita que, conociendo a la abuela,
esperaba su feroz critica ante el que dirán por relacionarse con gente de
oscuro pasado familiar. Para la abuela, la moral era requisito indispensable
para pertenecer a los visitantes de la casona y a la esfera de las amistades
familiares. Mi mente de investigadora se puso alerta al sentir escalofríos
cerca de la jovencita.
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Casita de Guayabita |
Frescolita visitaba a su amiga todos los
sábados. Al regreso de sus paseos nunca presentó rastros de nada extraño más
que un ligero olor a monte y humo. Sin
embargo, mis alertas se encendieron cuando verifiqué que Beatriz había
elaborado un
inmenso altar escondido entre el cuarto de las herramientas del
solar. Había recuperado todas las estatuillas viejas y rotas de las mujeres de
la familia. El trabajo de restauración era impecable y hermosamente realizado.
Con las reliquias familiares había renacido un suntuoso monumento, lleno de
frutas y flores. Por esta rezadera de quinceañera algo me dijo que las cosas
iban mal. Luego, la vida me lanzó hacia otras preocupaciones.
Pero una tarde
sabatina cuando exploraba los viveros frutales de Guayabita me tope con una
feria de gente. Indagué y la respuesta a la algarabía fue que el tumulto esperaba
consulta con la bruja de Guayabita. Cuál seria mi sorpresa cuando por
entre la
verja divise a Frescolita organizando la fila humana. Brinque de la camioneta,
me le pare enfrente y sin pronunciar palabra ella entendió mi reclamo. Dando
media vuelta desapareció del patio lleno de rastrojos. Sólo dejamos la estela.
En
el trayecto explicó que únicamente apoyaba a su amiga, pues ésta era muy pobre
y vivía de su actividad brujeril. Sin embargo, alegó que no se trataba de una
charlatana y que en verdad ayudaba a la gente a resolver sus conflictos. Fue
por ellos que la espigada Beatriz Herrera Guasare cooperaba
. Después y por
recomendación mía, a Beatriz la arrastramos hasta al viejo mundo para que tomara
otro aire. Al tiempo, mientras la niña remojaba su entendimiento entre los castillos
y el frío invierno español vino a buscarme la bruja Yaritza. Según ella, el río le advirtió que yo era la dueña de su futuro.
Me relató de su gran pobreza como
bruja de Guayabita y de sus responsabilidades familiares. Yo, únicamente, le
sugerí que cambiara de ramo laboral y que estudiara sus potencialidades
propias:
era bella, joven y trabajadora lo cual resultaba una tríada perfecta. Así lo hizo,
cambió de ramo y se dedicó al comercio.
Estableció un modesto abasto y
luego se alió con las fuerzas del gobierno. Al parecer, le fue tan bien que
pasó a dirigir la venta y distribución de comida en la zona. Las filas de personas se mantuvieron idénticas con los
mismos rostros pero con distinto sentido. Ya no querían
conocer su futuro sino
poder adquirir la escasa comida que quedaba en los anaqueles. Sin embargo, ella
prosperó con gran rapidez. Compró un apartamento en el centro del pueblo, un
comercio con local propio y me mostró, una de esas tardes acaloradas de Turmero,
su nueva camioneta, último modelo. Me alegré por ella y por Beatriz que sonrió
a través de la cámara, al conocer la historia.
Una noche de fin de semana,
departiendo en un lujoso restaurante de Maracay donde siempre me reúno, alguien
me abordó por la espalda. Era Yaritza, bien ataviada, con ropa cara y me
agradeció mis sugerencias. Pregunté el motivo de su triunfo y señaló a un
hombrecito contrahecho con
rostro de chiripa que al salir del baño y se nos acercó.
Ella me susurro al oído; − fue mi enano verde quien me rescató de la pobreza−.
El general la tomó por la mano y juntos se perdieron por entre el humo y el
tumulto de la noche. Yo me quede pensando en el éxito de la Bruja de Guayabita
y la suerte que ciertos enanos verdes le dejan al pueblo.
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